Serie: Análisis del Pensamiento de Konrad Lorenz en su obra: DECADENCIA DE LO HUMANO - Parte II
En Decadencia de lo humano, Konrad Lorenz se
detiene en una idea que, aunque parece abstracta, tiene consecuencias muy
concretas en nuestra forma de vivir: la creencia de que el mundo, la historia y
la evolución siguen un rumbo predeterminado, como si todo tuviera un objetivo
final ya decidido.
Siguiendo al autor, es importante aclarar algo desde
el inicio: solo en los procesos orgánicos concretos existe algo parecido a
una finalidad clara. Cuando un ser vivo actúa con un propósito —buscar
alimento, protegerse, reproducirse— hay una estructura reconocible: se fija un
objetivo, se eligen medios y se verifica si esos medios funcionan. Como explica
Lorenz apoyándose en Nicolai Hartmann, este proceso requiere siempre un
“portador” de la acción, alguien que decide, corrige y asume errores. En
palabras del propio Lorenz, “solo una conciencia puede fijar objetivos,
anticipar y seleccionar medios”.
Aquí aparece una distinción clave que suele pasarse
por alto. El hecho de que en la naturaleza existan procesos ordenados no
significa que el universo entero tenga un plan, ni mucho menos que la
humanidad sea el punto culminante de ese supuesto plan. Sin embargo, esta idea
ha resultado muy seductora para el ser humano. Como dice Lorenz, nos gusta
pensar que somos la meta final de todo lo que existe, porque eso alimenta nuestra
importancia y nos tranquiliza.
El problema surge cuando esa creencia se traslada a la historia y a la sociedad. Si pensamos que la evolución humana, el progreso tecnológico o el desarrollo social avanzan hacia un destino inevitable, entonces dejamos de sentirnos responsables. Todo se convierte en algo que “tenía que pasar”.
Hoy esta forma de pensar sigue muy viva. Se escucha
cuando alguien dice: “la tecnología avanza sola”, “el sistema no se puede
cambiar” o “la historia siempre se repite”. Como advierte Lorenz, estas
frases esconden una renuncia peligrosa: la renuncia a decidir conscientemente.
Lorenz critica con claridad la costumbre de
interpretar la evolución como una escalera que sube desde lo simple hasta lo
perfecto, culminando en el ser humano. Esa imagen —tan repetida en libros,
esquemas y discursos— nos hace creer que todo estaba ya contenido desde el
inicio, que el final estaba escrito. Pero, como señala el autor, esto es una
ilusión cómoda. “Se endosa a la evolución una dirección que solo se
interpreta después de ocurridos los hechos”, advierte.
Aquí Lorenz coincide con Karl Popper, quien desmonta
la idea de que la historia pueda predecirse como se predicen fenómenos físicos.
Popper afirma que el conocimiento humano es imprevisible, y como el
conocimiento influye en la historia, entonces la historia también lo es. Ningún
cerebro humano ni ninguna máquina puede anticipar con certeza sus propios
resultados futuros. Pretender lo contrario no es ciencia: es superstición
moderna.
Traído a nuestro tiempo, esto tiene implicaciones muy
concretas. Cuando se promete que ciertos modelos políticos, económicos o
tecnológicos conducirán inevitablemente a un futuro mejor, se está vendiendo
una ilusión peligrosa. Según Lorenz, no existe un progreso automático.
Cada avance puede construir o destruir, dependiendo de cómo se use y de quién
asuma la responsabilidad.
La evolución, tanto biológica como cultural, no avanza
“hacia arriba” por naturaleza. Puede avanzar en cualquier dirección. Y cuando
una sociedad pierde la capacidad de evaluar valores, de corregir errores y de
asumir consecuencias, esa dirección suele ser descendente.
Lorenz lo dice sin rodeos: creer que todo está predeterminado equivale a negar al ser humano como ser responsable. Y una humanidad que se percibe a sí misma como simple pasajera del destino termina comportándose como tal: obediente, acrítica y moralmente pasiva.
En una época donde se delegan decisiones en algoritmos, tendencias y sistemas impersonales, esta advertencia resulta más actual que nunca. Nada está escrito. Nada está garantizado. Y precisamente por eso, todo depende de la conciencia humana.
